Levántate y Camina Sanar las heridas de la droga

Desplazate hacia abajo

Dicen que el peor enemigo siempre es uno. Que las batallas más difíciles de ganar son las que se pelean hacia adentro. Puede tener algo que ver el hecho de que el resto de las personas con las que chocamos nos deja en algún momento solos, mientras que nosotros… no.

El huevo o la gallina

La depresión, la ansiedad, el sufrimiento emocional; situaciones externas -como problemas en la casa o en el trabajo y la presión de los compañeros- potencian los sufrimientos personales e influyen sobre la decisión de consumir.

La drogadicción tiene consecuencias tanto físicas como emocionales. Se lastima el sistema nervioso central, se tienen convulsiones, hay mayores probabilidades de cáncer… Emocionalmente, se pierde la capacidad de perseguir metas y sueños; la droga pasa a ser el único fin. Los esfuerzos y resultados en la escuela, en la universidad o en el trabajo ya no son los mismos. La depresión se vuelve más honda y oscura, uno se vuelve más agresivo.

Los de su entorno también son afectados: el drogadicto ya no es capaz de mantener el trato estable con familiares o amigos. El uso de drogas puede llegar a ser muy caro, llevándolo a destinar todos sus recursos para mantener el consumo. Muchas veces roba o engaña para poder conseguir la droga, lastimando aún más su relación.

De bicicletas y voluntades

En el barrio Ricardo Rojas del partido de Tigre funciona la Casa de Jóvenes Levántate y Camina. La “Casita” recibe desde hace tiempo a personas cuyas vidas han sido destruidas por el consumo.

En sus comienzos, la Casita sumaba visitantes con la labor del Padre Jaime Morea. El párroco de la zona recorría en bicicleta las calles del barrio. Mientras pedaleaba, el padre iba invitando a los chicos en la calle a unos mates y algo de charla y compañía en la casita anexada a su capilla.

Hoy la Casita sigue siendo eso: una invitación, una oportunidad. A diferencia de otros centros de rehabilitación, en los que las personas son internadas por una determinada cantidad de tiempo para impulsar su mejoría, la Casa de Jóvenes está abierta, tanto para llegar como para irse.

Con los brazos abiertos

Siguiendo esta metodología de puertas abiertas, los que van a la Casita no cumplen tiempos, cumplen objetivos. A medida que los chicos van cumpliendo estos objetivos, van avanzando en las fases del tratamiento. Iván Acosta cuenta: “Lo que desarrollamos en la casa es lograr que siempre los chicos vayan aprendiendo distintas cosas, como valores nuevos, sentimientos que perdieron, reconciliarse con la familia.”

Desde hace un año y nueve meses que Iván es operador de la casa de Jóvenes. Su trabajo es ayudar en diversas actividades y acompañar a los chicos a sanar las heridas que el consumo y la calle dejaron.

No quiero mentir

El deseo de cambiar tiene que surgir de ellos mismos, y de ellos mismos tienen que surgir las razones para buscar ese cambio. Las fases de recuperación requieren constancia y compromiso: no sólo se avanza, se puede también retroceder. Las paredes de la casita están cubiertas con carteles y afiches, en los que ellos mismos pusieron los valores, las normas de convivencia y los motivos que los impulsan a seguir adelante.

Uno de los afiches enumera las distintas razones que cada uno tiene para no faltar a la verdad. Entre ellas, el ser capaz de enfrentar la realidad, recuperar la confianza de la familia, el amor propio y la libertad se repiten de distintas maneras y con distintas palabras.

Al igual que con las razones para decir la verdad, hay un afiche con Normas para que nos vaya bien juntos. Sinceridad, respeto, humildad, compromiso, paz… Todas ellas son eco y reafirmación de los valores que los jóvenes se llevan de la Casita. El dedicar tiempo a los demás, la responsabilidad para con uno mismo y con la familia, la empatía, el esfuerzo, el amor.

Recuperar lo perdido

 Una de las primeras cosas que se pierden por la adicción es el orden interior. Los horarios de Levántate y camina están armados de tal manera que los chicos recuperen ese orden.

La casa funciona desde las doce hasta las ocho de la noche. Doce y media se almuerza. Después, se tiene una charla. Después de la sobremesa y charla, sigue la limpieza de la casa, que es su hogar. El cuidado de la Casa de Jóvenes está a cargo de los mismos chicos. Cada uno tiene una actividad asignada.

La Casa de Jóvenes les da a los chicos un espacio para comunicarse, para sentirse contenidos y escuchados. Se hace mucho hincapié en la palabra por ser otra de las capacidades que el consumo roba a los chicos. “Dinámicas” es el momento para que empiecen a hablar sobre sus problemas, ayudándolos a desenvolverse y expresarse mejor. Una vez por semana tienen psicólogo.

No es puro palabrerío

La rehabilitación no es pura charla y mate. El polideportivo de Ricardo Rojas está cerca de la Casita. Allí los chicos juegan al futbol y tienen natación. Además, hay talleres de vela, de rosario, de huerta. Los jóvenes toman clases de cocina y de radio.

Las voces de los jóvenes de la Casa resuenan de contento. “Acá logré ser otra persona, gracias a la ayuda de mis compañeros, logré dejar la consumición. Hoy en día me siento bien.” “Encontré nuevas amistades, nuevas formas de pensar…”

Quiero y puedo

Dicen que el peor enemigo siempre es uno mismo, y que las batallas más difíciles de ganar son las que peleamos hacia adentro. Difíciles sí, pero no imposibles. Porque lo que no dicen es que no hace falta que las peleemos solos. En lo más hondo de la desesperación siempre va a haber alguien que esté dispuesto a bucearnos y llevarnos hacia afuera. Queda en nosotros juntar el coraje para estirar la mano y pedir ayuda.